Triste, pero modernísima, realidad

POR JAVIER IGNACIO OLABERRÍA

La mayor parte de la filosofía coincidió siempre en que la política es la lucha por el poder. Para Hegel todo pasaba en un terreno en que el esclavo peleaba contra su amo (una lucha a muerte); para Marx, todo transcurría en una disputa entre las diferentes clases. Las dos teorías son complementarias, creo yo. Sin embargo, no siempre los amos o las clases altas son las mismas.

En Argentina siempre se vinculó a la clase dominante con el sector agropecuario y terrateniente. Sin dudas que en una época fue así (y hasta, si se quiere, aún tiene su influencia). Pero ya no es la única elite, como tampoco es única la otra (y que lo es en cualquier país) que se expresa en el mundo de las finanzas.

Escuchaba a Duran Barba (analista político muy lejos de estar entre mis preferidos, pero analista al fin) decir que “la unión entre la política y la farándula ya es un hecho”. Lo decía como consecuencia de la polémica que generó la apertura del programa de Marcelo Tinelli, donde, casi sin respetar los protocolos, bailaban muy cerca unos a otros en un total de casi (según los chimenteros del espectáculo) 200 personas; generando así la bronca (más que razonable) de todo el resto de los comerciantes, trabajadores, organizadores de eventos, etc que sufren viendo cómo sus economías se despedazan por el hecho de tener que cumplir con el distanciamiento obligatorio del proyecto “Cuidadanía” del Gobierno, mientras Tinelli, Suar o el despreciable Rial pueden hacer lo que quieran.

Lo bueno de Duran Barba es que acertó, y desde ese punto lo aplaudo. Pero lo malo es que acertó tarde. Hace rato, ya, que existe esa unión. Hace rato ya que la verdadera élite (cuando digo élite me refiero a personas que gozan, sin ningún tipo de prerrogativas de sangre ni títulos nobiliarios, de privilegios -algunos básicos como es el hecho de poder trabajar- o de lujos, y no precisamente económicos, algunos hasta del “poder hacer” o “poder deambular”, justificado, ahora, por el hecho del distanciamiento y la “necesidad de entretenimiento”, que otros no).

Mientras todo eso pasaba, a la otra élite, la vieja y rancia, la agropecuaria; le prohibían lo más productivo que siempre ha hecho: exportar carne y poner divisas en la economía local (cosa hoy más que necesaria). Era tan bizarro como triste ver a pequeños y grandes productores de campo quejarse por no poder hacer lo que mejor hacen para la sociedad en el mismo momento en que Maju Lozano (con su “productivísimo” programa) gozaba de la libertad de acción y programación con su opinología tan elevadamente sabia. Fue ahí cuando me di cuenta que la literatura idiosincrática Argentina ya no es “Don Segundo Sombra”, ni “Escritos para los Mayordomos de Estancia” ¡ni mucho menos “Mi hijo El Dotor”! El orgullo argentino hoy es “Mi hija: La Conductora de la Tarde; chimentea como una campeona”.

Triste, pero modernísima, realidad.

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