La semana del estudiante podría marcar el fin de la época más difícil de la juventud linqueña de las últimas décadas

Opinión: por Juan Sáenz Cavia

Seguramente sería muy descabellada la idea de conseguir un método para medir a quién ha perjudicado más la Pandemia, y así hacer un escalafón desde los más afectados a los menos.

Ya sabemos que la clase política es sin duda la menos perjudicada, ya que sus actividades pasaron a ser virtuales, además de no haber sentido el impacto en sus sueldos y dietas como el resto de la sociedad, pero además desde la última elección en octubre de 2019 a esta de noviembre de 2021 ningún acto eleccionario, que solo a ellos compete, fue modificado o suspendido. La fiesta de los políticos no paró nunca y lograron las tan esperadas elecciones, cuando todo el resto se sintió trastocado o modificado.

Pero si nos ponemos a considerar quiénes fueron realmente perjudicados, fueron con seguridad los jóvenes. Es más, hoy en día siguen siendo “perseguidos” por organizar alguna que otra “fiesta clandestina”, cuando toda la sociedad sabe perfectamente que tanto boliches, como bares, teatros, restaurantes y varios etcéteras, abren sus puertas y colman sus salones con la anuencia de autoridades y “botones”.

Pero la juventud que todavía corre los años de secundario, ha sido vapuleada en sus derechos y actividades de una manera terrible, y las consecuencias se pueden ver a diario en noticias y comentarios con autolesiones, suicidios, bajísima autoestima y depresiones interminables.

Al gran descalabro que han sufrido los pibes de todo el país, debemos sumarle la paupérrima gestión que se ha realizado en torno a su educación, la virtualidad, el cierre prematuro e innecesario de escuelas, institutos y colegios y como frutilla del postre, la falta de experiencia del rubro docente para dictar clases desde una compu, algo para lo que nadie estudió, es cierto, pero donde también salió perjudicado el eslabón más importante de la cadena educativa, el alumno.

Las escuelas, fueron lo primero que cerraron y lo último en abrir, rompiendo con la rutina lógica y necesaria de adolescentes que encuentran en el colegio, su segundo hogar y el ámbito indispensable para congeniar, mezclarse y sociabilizar con lo único importante en “su” mundo, que son amigos, compañeros y rara vez, algún profesor.

Habría que buscar mucho y retroceder en los años para encontrar una situación tan dramática para tantos adolecentes juntos al mismo tiempo y durante un período que supere el año y medio. La Guerra de Malvinas, tal vez, donde chicos con algunos años más que los que cursan el secundario fueron mandados a las islas con la excusa del Servicio Militar, o los Años de Plomo de la Argentina, aunque dudamos que tantos adolescentes supieran de la realidad que les tocaba vivir a jóvenes apenas mayores que ellos.

Con la llegada de la primavera, los pibes lograron algo que buscan y ansían desde hace casi dos años lectivos, ya que nunca comenzaron las clases del 2020 y recién las retomaron de manera real y efectiva hace solo unas semanas.

El picnic de la primavera y el festejo del día del estudiante, fue para más de uno, por no decir para todos, como la vuelta a la rutina del adolescente, esa rutina cargada de estupideces y cosas sin sentido para “boludones” como uno, pero tan necesarias y fundamentales para una joven de 17 que está a meses de finalizar el estadío más hermoso de la vida. Seguramente con más de un borracho, con arcadas y todo, mucho grito y alegría, y el frenesí de poder gritar “estoy vivo y haciendo lo que siempre quise hacer”, en realidad lo que todos hemos hecho alguna vez, adolecer.

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